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Relato propuesto por el Dr. Diego
Balmaseda
La Habana era una fiesta
-como París- según cuenta Hemingway. Por lo menos para un
adolescente llegado de la provincia en 1944. Ese adolescente era
yo.
Caminar por las calles de La Habana parecía entonces una
aventura gozosa interminable. Obispo, San Rafael, Galiano,
Monte, Belascoain, San Lázaro, ya no eran nombres: eran magias.
En el Prado, Rita Montaner
se sentaba con sus amigas, Lezama Lima con sus amigos. El Diario
de la Marina polemizaba con el Hoy.
En La Comedia estaba Magda
Haller; en el Auditórium, Erich Kleiber; en el Lyceum, Gustavo
Pitaluga y Camila Henríquez Ureña.
Manolo Castro presidía la FEU. Sergio Carbo activaba la
conciencia pública crítica desde Prensa Libre. Vasconcelos
reivindicaba un pasado en derrota desde El País. Gastón Baquero
y Raúl Lorenzo defendían ideas nuevas desde Información. Jorge
Mañach y Herminio Portell Vila afirmaban en Bohemia la
responsabilidad de la cultura con la Nación.
Grau, que acababa de ganar, inauguraba la era de la
consolidación revolucionaria del 30. En el Congreso debatían
todos los partidos, en un clima de pleno pluralismo democrático
que algunos vienen a descubrir ahora.
La Habana era, en esos días, política y culturalmente, la
capital del caribe, el gran escenario de la libertad
latinoamericana. Los revolucionarios perseguidos por las
tiranías la hacían su casa: Rómulo Gallegos, Rómulo Betancourt,
Juan Bosch, Juan José Arévalo. Y todo ello, en medio de una
restallante alegría creadora (que los tontos tomaban por
frívola) asombro de los extranjeros. Francisco Pares, frío como
buen catalán, me dijo sin embargo un día: vine de Santo Domingo,
agobiado y triste. Me hospedé en un hotelito cerca de los
muelles, en la calle Luz.
Desorientado, empecé a caminar por Teniente Rey y llegué de
pronto a los Aires Libres, donde tocaban las orquestas de
muchachas. Me senté. Pedí una cerveza con la única peseta que
tenía, y no lo pude evitar: me eché a llorar. La Habana era otro
mundo.
Esa fue La Habana que yo conocí al llegar del campo, en los años
40. En 1959, al regresar del exilio en la Argentina, ya vi otra.
No era la misma.
La Habana ya no era alegre, era delirante. Ya no era civil, era
militar. Ya no era urbana, se había ruralizado. Por todas partes
no se veían más que uniformes. En una esquina, me encontré un
día con Violeta Casals: llevaba pistola y uniforme. Al salir de
la Asociación de Reporters otro día, tropecé con Mirta Aguirre:
también iba de pistola y uniforme. (Mis dos amores, así caídos.)
En las estaciones de radio, en los periódicos, en las fábricas,
en las guaguas, no se veían más que uniformes. Era como un
festín textil. Las telas verde olivo se habían agotado en todas
las tiendas.
Nuevas caras, algunas desconocidas, sustituían a las caras
viejas. Franqui ocupaba el puesto de Vasconcelos en Alerta, que
ahora se llamaba Revolución. Enrique de la Osa chantajeaba a
Miguel Angel Quevedo (“Esto ya lo leyó Fidel”). Lisandro Otero
purgaba desde la escalinata a eminencias universitarias.
Francisco Ichaso estaba preso en El Príncipe con una enorme P en
la espalda. Lunes de Revolución atacaba a Lezama. Jorge Mañach
callaba, o hablaba con discreción o miedo. La Habana era una
ciudad tomada.
No por los barbudos de uniforme. Tomada por una revolución que
era ya solo la ambición de un hombre. A partir de esos días, dos
elementos que no formaban parte de la vida habanera, se fueron
haciendo patentes: el miedo y la hipocresía. Credenciales
revolucionarias falsificadas, errores ocasionales convertidos en
graves delitos, acosos, persecuciones, listas negras, chantajes,
comenzaron a transformar a La Habana en un sitio diferente. No
eran nuevos valores los que se imponían. Eran nuevos
oportunismos. Las coristas de Tropicana comenzaron a hacer
guardias nocturnas. Rancho Boyeros se abrió como una arteria por
donde La Habana se desangraba. Todavía se cantaba y se bailaba
en los cabaret de la Playa.
Todavía estaban las muchachas de la Anacaona tocando en los
Aires Libres.
Todavía se sentaban los cubanos en el Malecón a tomar el fresco.
Pero desde la estatua de Zenea, en el Prado, se oían las
descargas de los pelotones del Che Guevara en La Cabaña. ¿Era la
misma Habana? No. Era otra. Y tú la sabes, Caballero de París.
Ahora estamos, según nos aseguran, frente a la posibilidad de
ver otra Habana. ¿Cómo será esa nueva Habana? Nadie lo sabe. Las
barbas probablemente desaparecerán. El color verde olivo se
enterrará. La Plaza de la Revolución será rebautizada Plaza
Cívica, o nombrada Plaza de la Libertad. Los falsos himnos, las
falsas banderas y los falsos líderes serán sepultados
aceleradamente en el olvido. Lo de siempre. Pero ¿y las almas?
¿Quedarán intactas las almas de los cubanos? Las casas bellas de
La Habana de antes se están derrumbando entre el abandono y la
miseria, como vimos en la película de Jana Bokova. ¿Estarán
derrumbándose también las almas de los habaneros? No lo creo.
Ahora hay libros que allá no se leen, películas que no se ven,
voces que no se escuchan. ¿Se escuchan y se verán mañana? Sí lo
creo. Un peso aplasta hoy La Habana más que el de la misma
pobreza: el peso de la sospecha. ¿Desaparecerán mañana? ¿O la
acción de una perversa ideología habrá dejado una huella
imborrable en el carácter de las gentes?
No lo creo. Una idiosincrasia nacional basada en la generosidad,
en la alegría y en la cordialidad forjada en siglos, no puede
ser barrida por 46 años de despotismo cuartelero.
Yo espero, pues, sentarme otra vez, en un mañana no lejano, en
el muro del malecón. Bajo las mismas estrellas y viendo pasar el
mismo chino manicero.
Pero con una esperanza: que haya paz, que ningún chivato
fisgonee. Y que cuando suene el cañonazo de las nueve yo sepa
que es eso: el cañonazo de las nueve.
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